Alfredo Zorrilla de San Martín: la edad de oro

15/08/19 | Lecturas

«Me crié en la quinta. Mi abuelo, que era muy francés, gustaba de esa domesticidad de aves de corral, pavos, gansos que atronaban en las mañanas. Mi abuela llenaba la casa de flores. Viví entre niños, pero rodeado de mayores, en una infancia poblada de gente, sin vacíos. Mi abuelo se ponía la galera de hongo cuando salía de la quinta. Las mujeres vestían de blanco y usaban sombreros al tono. Esa fue mi vida inicial, la que me formó y me nutrió. La veo ahora como una edad de oro. Lo era para mí. Pintar esa época es como una necesidad espiritual. Incluso algunos de los cuadros que hago ahora los titulo “La edad de oro”. Lo era. Era oro para mí. Aún recuerdo los grupos de personas entre follaje de nogales, castaños, guayabos, nísperos. Era un edén, al que recurrentemente vuelvo con mi pintura.”

De esta manera sintetizaba Alfredo Zorrilla de San Martín, entrevistado por el diario El País en junio de 1984, la materia prima con que definió los rasgos más característicos de su arte: la memoria, la remembranza, la evocación sintética y armónica de un tiempo pasado. “Era la Belle Époque rioplatense con galeras y chambergos, bigotes y lentillas, cafetines y músicos, fiestas y bailes elegantes, paisajes al aire libre y playas, cachilas y tranvías, barracas de lana y mítines políticos”, ilustra Marcelo Ruvertoni en la introducción de “Alfredo Zorrilla de San Martín”, libro que compendia la vida y obra de pintor. Hay, en las escenas delineadas por el artista, en las curvas de los vestidos y las hortensias, una búsqueda no solamente pictórica sino también poética, y así lo percibió el crítico de arte argentino César Magnini tras la primera exhibición del pintor en Buenos Aires en septiembre de 1969, en la galería La Ciudad:

“Cuando comencé a recorrer los óleos de Alfredo Zorrilla de San Martín, recordé intensamente a Marcel Proust. No sé por qué, pero encontraba en ellos la presencia del escritor francés. Me cautivaron desde el vamos. Si tuviera que definirlos, diría que son viejos daguerrotipos trasladados musicalmente a la tela. ¡Y con qué originalidad! ¡Y con qué equilibrio! ¡Y con qué delicioso humor e invariable buen gusto! Recorro los cuadros: el de Proust, el de Rosita Quiroga, el de una planchadísima reunión en el Jockey Club, el de Arolas, el de un familiar “dejeuner sur l’herbe” bien a la moda de principios de siglo… Zorrilla de San Martín ha apresado esa época de la única manera que permite conservarla intacta: con ojos, con manos, con corazón de poeta.”

 

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