Juana de Ibarbourou y Socorrito Villegas: un legado singular

20/11/20 | Lecturas

En los confines de la patria, trasponiendo llanuras, bosques y serranías, más allá de las anchas soledades de los campos en cuyo seno se esconden los restos olvidados de remotas batallas, y vadeando por fin el arroyo Conventos, alumbrada por el rayo intenso del sol de la frontera y envuelta en su aura de tradición se encuentra la ciudad de Melo. Apacible villa en aquel tiempo que hoy nos ocupa, comisionada en 1795 por el virrey Pedro Melo de Portugal y Villena como bastión de luchas imperiales, allí, en el declinar de uno de los últimos veranos del siglo XIX, el Gral. Aparicio Saravia sostuvo, sobre la pila bautismal de la parroquia de Nuestra Señora del Pilar, la cabeza de una niña.

Tres décadas más tarde, asentado el siglo XX, en la capital de un Uruguay transformado y en el escenario fastuoso del Salón de los Pasos Perdidos de un apenas construido Palacio Legislativo, aquella niña recibía ahora los laureles de una nueva consagración: la de todo un continente. “Este anillo, señora, significa sus desposorios con América”, anunció entonces, ante la multitud, el poeta Juan Zorrilla de San Martín, nuevo padrino para la ocasión. Juana de Ibarbourou, aquella Juanita Fernández de Cerro Largo, la de la “juventud ignorada y pequeña”, obtenía así la recompensa espiritual ante unos versos que, desde 1919 con la publicación de “Las lenguas de diamante”, y sin preámbulos ni escalones, habían radiado su fulgor en el firmamento de las letras hispanoamericanas.

Lote 537. Abanico de Juana de Ibarbourou

“Un sol de invierno doraba, hacia la media tarde, las anchas torres esculpidas del Palacio Legislativo de Montevideo”, recordó Dora Isella Russell. “Refulgía en las astas de las banderas, se espejaba en los cascos y las corazas de la Guardia Republicana, se refractaba en el aire con resplandores de triunfo, como si la luz fuese también una adhesión más al júbilo continental. Montevideo vivió un día de esplendor y embriaguez; flameaban las banderas americanas; enfervorizadas y anhelosas iban congregándose más de diez mil almas, olvidadas de que en la vida cotidiana las dividían credos sociales, religiosos o políticos, y que sólo sabían que estaban unidas ante el prodigio vivo de una sola mujer.”

Lote 535. Pulsera de Juana de Ibarbourou

Quien observe con detenimiento algunas de las fotografías tomadas aquel día de coronación, “de aureola casi irreal que parece retrotraernos a las grandes fiestas de la antigüedad”, reconocerá, entre las presencias venerables de Juan Zorrilla de San Martín y Alfonso Reyes, la figura de una niña de siete años que, con el tiempo, estaría llamada a ser la custodio de una serie de objetos personales de la poetisa que hoy salen a la luz en nuestra subasta del próximo mes de diciembre de 2020, algunos de ellos de asombroso interés por su carácter tan íntimo y singular, tan fuertemente asociados a su voz lírica, como su trenza, sus cabellos, la “taciturna cabellera mía”.

Lote 534. Trenza de Juana de Ibarbourou

Socorrito Morales Villegas, más adelante una distinguida soprano y maestra de cantantes líricos, ahijada de Juana de Ibarbourou, fue aquel día en el Salón de los Pasos Perdidos la más joven de las invitadas, y fue, al momento de su fallecimiento en el año 2011, la última persona con vida que pudiera recordar haber participado de aquel legendario acontecimiento. A ella debemos la llegada hasta nuestros días de estos verdaderos tesoros simbólicos para la cultura nacional, resguardados durante décadas en su residencia ubicada frente al monumento al presidente Joaquín Suárez, su bisabuelo, en el predio donde se encontrara la quinta de aquel ilustre oriental, convirtiendo esta historia en un capítulo más del profundo entramado vital que es la historia de nuestro Uruguay.

Casi un siglo se ha cumplido ya desde aquel día solemne, y muchos años habrían de pasar entre los primeros de aquella Juana que en un Cerro Largo “de guayaberos, revolucionarios y contrabandistas” soñaba “con bordar banderas, repicar campanas y edificar capillas” hasta la Juana que, cumplida su hora final, fuera sepultada en Montevideo con honores de ministro de Estado. Desde entonces, cada generación de uruguayos ha sabido mantener encendida la antorcha de su legado, que hoy es el nuestro. Y si pudiera hablarle a la nación de orientales pasados y presentes que la eligió para sí, habría de recordarnos, quizás, las mismas palabras que en otro tiempo ofrendara a su amante:

“Soy la misma muchacha salvaje que hace años trajiste a tu lado.”

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