Petrona Viera y el desnudo femenino

18/09/20 | Lecturas

Desde sus inicios la pintura uruguaya no se mostró muy partidaria del desnudo. No quiero señalar en particular a nuestro siglo XIX, en que las artes plásticas con gran esfuerzo estaban naciendo dentro de las carencias totales del país en la materia, pero sí quiero referirme al siglo XX, a sus primeras tres décadas, cuando los artistas nacionales llevan a cabo su formación —o, si ese no es el caso, la completan— mediante becas o largos viajes de estudio en las academias más conocidas de Francia, Italia o España.

En los alrededores de 1900 a 1915 es imposible, para quien está estudiando en París, por ejemplo, no conocer la obra de los impresionistas. Destaco entre ellos a Renoir y Gauguin quienes dedican gran parte de su labor al desnudo femenino. Cada uno de estos plásticos está, en cierta manera, haciendo un canto al mundo natural, al mundo original, primitivo y pagano. Hay en ellos alegría de vivir y una necesidad de testimoniar la energía vital a través de la representación del desnudo femenino.

En la práctica, ninguno de nuestros artistas halla en el tema suficiente inspiración como para abocarse en dicha vía, y prefiere dedicarse al retrato o —hecho en sí mismo importante— a descubrir el paisaje nativo. No sé si también inciden otras causas: la razón de ser nuestra sociedad en las mencionadas décadas aún muy provinciana y el peso que ciertos sectores muy conservadores y apegados a las estrictas condicionantes de la religión podían tener para la difusión, exhibición y posterior venta de obras dentro de esta temática.

Sin embargo, y aunque sin poder fijar las fechas con exactitud, entre los años 1936 y 1937 Petrona Viera lleva a cabo una numerosa serie de desnudos, una cantidad aproximada a los treinta y cinco óleos, donde la artista muestra nuevamente su talento original, pues opta por dedicar un par de años de su actividad a un motivo que ha sido muy poco transitado por los pintores uruguayos. Sin duda las condiciones histórico-culturales del tiempo en que Petrona inicia estos trabajos han variado fundamentalmente. No obstante, repito, la artista se encamina por una vía —sea cual sea el motivo— muy poco atendida por nuestros plásticos.

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Los óleos que ejecuta Petrona son de pequeñas dimensiones, casi siempre cartones, a veces cubiertos de lienzo, otros, tablas de madera que ella misma prepara. Los primeros óleos muestran a la artista aún insegura del método a emplear, pero de inmediato se siente que la pintora se afirma y, segura de cómo solucionar el problema que se le presenta, lo resuelve como hasta ahora lo ha hecho en sus retratos o paisajes: busca la simplicidad, busca ser ella misma, y el dibujo se hace suelto, cómodo, las líneas se mueven en plena libertad, lo mismo que el color, que encuentra las tonalidades adecuadas a la impresión que desea transmitir.

Quizás en estos desnudos estén representadas las ocasiones más delicadas que en el tema logra mostrarnos la artista: cuando se produce esa sutil combinación en su paleta al crear un ambiente de aire fino, de transparencia y suave luminosidad que inunda el interior de su estudio en los momentos en que está posando la modelo. No en muchas oportunidades la pintura uruguaya nos ofrece este tipo de clima íntimo tan difícil de lograr y de comunicar. Son breves instantes cuya percepción —apenas sentida— pasa, se disuelve, y deja lugar a la cotidianeidad, a la rutina.

 

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