Zorrilla y Aparicio: la tradición hecha espíritu

20/07/20 | Lecturas

«Fuerte y poderosa como los mismos elementos. Ni dudas ni oscuridad, sino sencilla y elocuente. Por delante de él pasarán diariamente miles de hombres, de mujeres y de niños; marcharán hacia sus obligaciones, hacia sus diversiones, hacia el trabajo, hacia el hogar, hacia la escuela. Yo quisiera que a cada uno de esos seres, en el único instante que podrán dedicar a este bronce, puedan recibir de él, de un modo categórico y terminante, un mensaje de patriotismo, de libertad y de valor; un mensaje que será la voz de la tradición gloriosa de nuestra patria.”

Tal se expresaba, en palabras del propio artista, la visión creativa de José Luis Zorrilla de San Martín acerca de la escultura monumental en ocasión de la inauguración del monumento al gaucho en 1927. Tres décadas después la premisa continuaba vigente, y cuando el 18 de mayo de 1956, por encargo del Directorio del Partido Nacional, Zorrilla descubrió en Montevideo su monumento a Aparicio Saravia, el trazo indeleble e inconfundible del escultor —“fuerte y poderoso”, “sencillo y elocuente”— estaba ya bien afirmado en nuestra ciudad.

Para entonces el Viejo Vizcacha, “lleno de camándulas, con el empaque a lo toro”, llevaba ya un cuarto de siglo sentado junto a sus perros en Avenida Brasil; las alegorías de la ley, la liberad y la fuerza se afirmaban, con el vigor de las ideas, sobre su obelisco de granito; y el gaucho lancero, esculpido en París, había navegado ya las aguas del Sena rumbo a la proa de las avenidas 18 de Julio y Constituyente, afirmado sobre un pedestal desde el cual rememorar las ansias de libertad de todo un siglo de batallas.

Aunque los bocetos originales fueron diseñados hacia 1930, la concreción del monumento a Aparicio Saravia, el último caudillo, símbolo culminante, perdurable y legendario de una patria de guerreros a caballo, fue una de las últimas grandes obras que Zorrilla dejó como legado en nuestra ciudad y nuestro país, “el invalorable legado de una obra enraizada en la más auténtica tradición hecha espíritu”, en síntesis de Raquel Pereda en sus estudios sobre el artista.

Poncho, sombrero y divisa —las históricas divisas que fueron el blasón de seda, tinta y mostacillas del caudillaje—, son los símbolos simples que lo identifican, montado sobre el caballo “de orejas ágiles que parecen antenas recibiendo mensajes de campos y de selvas”, en versos del poeta oriental Fernán Silva Valdés.  “La tierra oriental que aquí se guarda tiene sangre de los héroes que con el General Aparicio Saravia se derramó en los campos de batalla en la lucha por las libertades cívicas”, recuerda la inscripción al pie del monumento.

Firmada por el artista y sellada por la prestigiosa fundición Vignali, en su tiempo la elegida en nuestro país para la creación de las obras más destacadas, presentamos hoy una notable versión a escala de esta obra artística, reproducida en las siguientes páginas y exhibida en nuestra casa durante la exhibición para esta subasta. La pátina sugerente del tiempo y la mirada horizontal del caudillo, concretadas en este bronce, manifiestan que aquí, una vez más, la tradición se hace espíritu.

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